Argentina, decime qué se siente, volver a hacer un papelón

Nos acostumbramos tanto a no cumplir la ley, nos fascina tanto mentir, que los argentinos ya llegamos a una etapa superior: no cumplir la ley es lo correcto. Y mentimos y nos mentimos tan habitualmente que ya nos creemos nuestras propias mentiras.

Vivimos, así, en una realidad paralela.

Fue más que evidente el domingo durante el ejercicio de autosugestión colectiva originado en algunos canales de televisión y potenciado hasta el infinito en las redes sociales tras el abrupto final del Brasil – Argentina.

Nadie ignoraba que la selección argentina estaba en una situación delicada. Fue el corresponsal de la agencia oficial Télam en Brasil el que el día previo, el sábado, publicó un artículo de titular clarísimo: “Brasil investiga si Lo Celso, Romero, Martínez y Buendía falsearon su declaración sanitaria”.

Eso lo leímos todos, porque un cable de Télam se reproduce en todos los medios del país. Pero llegamos al partido como si nada y nos agarramos la cabeza cuando vimos y escuchamos que la Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria (Anvisa) de Brasil interrumpía el encuentro buscando a los cuatro jugadores.

Nos agarramos la cabeza. ¿Y qué esperábamos?

“No nos avisaron nada, hace cuatro días que estamos acá”, le dijo Lionel Messi a los brasileños en medio de la cancha. Es el capitán de la selección.

“Si pasó o no pasó algo no era el momento para hacerlo”, alegó Lionel Scaloni un rato después. Es el entrenador de la selección.

“Cuatro personas sin barbijo querían interrumpir el partido, notificar algo que no sabemos qué es”, argumentó Claudio “Chiqui” Tapia. Es el presidente de la AFA.

¿Realmente no sabían el capitán de la selección, el entrenador de la selección y el presidente de la AFA por qué estaba pasando lo que estaba pasando?

Hay que entenderlos: son de Argentina, el país peleado con la verdad.

Así se entiende también el espanto demagógico y antiperiodístico que brotó en la televisión a partir de las imágenes de Sao Paulo.

¡Tienen la sangre en el ojo por la final de la Copa América!

¡Es una interna!

¡No hay que perder de vista el factor político!

¡Ese hombre está armado!

¡Fue Bolsonaro!

Se llegó a escuchar, incluso, que si se planteaban dudas ante lo que estaba sucediendo y ante lo que se estaba viendo no era por ser antipático. ¿Por qué disculparse si se estaba haciendo algo elemental en el periodismo? ¿Es acaso un error que un periodista dude, cuestione y escuche al cerebro más que a las vísceras? ¿No es poner al televidente, a la audiencia, por encima de los protagonistas? ¿No es lo que corresponde?

No se encontraron, en aquellas horas, preguntas concretas a la AFA y a la selección que ayudaran a entender lo que había pasado. Solo reafirmaciones de nuestra argentinidad, reparos ante todo lo brasileño y una difusa solidaridad con el entrevistado, al que había que “cuidar” porque es argentino.

Y si es argentino es bueno. Incluso si confunde con la respuesta o directamente miente.

Es así que lo ilógico se torna lógico.

¿En serio nos parece más creíble el Chiqui Tapia que una agencia profesional e independiente?

Tapia, ese dirigente al que en las reuniones de la FIFA ninguno de sus colegas escuchaba hablar. Tapia, el mismo que firmó una carta absurda, por extensión, contenido y tono, acusando a la Conmebol de una conspiración antiargentina y solo terminó perjudicando a esos que decía defender.

¿En serio es aceptable que Florencia Carignano, directora nacional de Migraciones, le diga a los brasileños lo que tienen que hacer mientras la explicación para sus compatriotas varados en el exterior es que si se fueron de vacaciones bien pueden quedarse unos días más afuera?

Hubo que escuchar al director de Anvisa para que en unas pocas frases quedara claro qué sucedió: Argentina se hizo la distraída y jugó a las escondidas, siendo generosos, una vez que le dijeron que los cuatro jugadores provenientes de Inglaterra habían falseado su declaración de ingreso al país y no podían estar en el partido.

O no, mejor no lo escuchemos. No lo escuchemos porque es brasileño.

Enfermos de division fronteras adentro, estamos también enfermos de enfrentamiento fronteras afuera.

Tenemos apodos despectivos para cada uno de nuestra vecinos y nos ofendemos cuando de tanto en tanto en esos países ironizan acerca de nuestra incurable superioridad.

En julio de 2014 surgieron voces indignadas tras la final del Mundial que Alemania le ganó a Argentina en el Maracaná.

¡Un grupo de brasileños quemó una bandera argentina!

Una bandera argentina quemada tras un mes en el que, día tras día, miles y miles de argentinos tomaron las playas y las calles de Brasil entonando hasta bien entrada la madrugada una canción tan inolvidable y pegadiza como insostenible: Brasil, decime qué se siente.

Y no pasó nada, no pasó nada con aquellos argentinos que durante un mes entero se burlaron de Brasil en la casa de los brasileños y en la cara de los brasileños.

Hay que preguntarse qué hubiera sucedido a la inversa: miles y miles de brasileños, día tras día y hasta la madrugada, cantando burlonamente en las principales ciudades argentinas.

O mejor, hay que recordar situaciones como la final de la Copa Libertadores 2018 o la despedida a Diego Maradona para reversionar, tras el domingo de Sao Paulo, aquella canción de 2014.

Argentina, decime qué se siente, volver a hacer un papelón.