El estremecedor caso que llegó a Netflix: el dulce niño que una noche masacró a toda su familia sin motivo

¿Qué diferencia a las familias normales de las que no lo son? ¿Qué puede encender esa pequeña chispa que desate un infierno? ¿Cómo es posible que un pre adolescente, inteligente y tranquilo, esconda un monstruo en su cabeza?

Una y otra vez nos empecinamos en encontrar la razón. El motivo. La causa que explique aquello que provocó el espanto. Eso que haría impensable que, lo que le pasó a otros, pueda ocurrirnos a nosotros.

A. Cohen tenía 13 años y medio cuando la madrugada del sábado 22 de febrero de 1986 asesinó con un rifle M16 a sus padres y a sus dos hermanas mayores, en el barrio Ein Kerem, en la ciudad de Jerusalén, en Israel.Play

Más de tres décadas después, Netflix se animó a reconstruir su historia en un documental para el género del true crime. El resultado son cuatro capítulos que fueron dirigidos por Tali Shemesh y Asaf Sudri, los mismos que hicieron el documental Muerte en la terminal, en 2016.

Esta es la historia de A.

Los disparos mortales

Cerca de la una y media de la mañana de aquel sábado, la policía recibe una llamada telefónica de alguien que dice estar escuchando disparos en el barrio Ein Kerem.

Los oficiales llegan en medio de la oscuridad y se topan con una prolija casa de piedra de dos plantas. Apenas atraviesan el umbral ven sobre una mesa el arma de combate típica de los Marines norteamericanos: un rifle M16. Avanzan un poco más y entran a la primera habitación. Sobre la cama matrimonial, hay dos personas. Nissim Cohen, es el padre de familia y tiene 44 años. Está muerto, le falta media cara. El disparo a quemarropa se la voló. Segundos después encuentran caído, entre los pliegues de la cortina, su medio rostro.

Al lado de Nissim está su mujer Leah, de 40 años. Todavía respira. Tiene un balazo que le partió la cara en dos. De ese canal abierto, desborda el rojo que forma un lago debajo de la cama.

En la pared de la habitación una foto en blanco y negro, del día de su casamiento, se erige como testigo enmudecido de aquella felicidad.

La escena es un cuadro apocalíptico.

Dentro de la casa la sangre lo ha salpicado todo: sillones, paredes, cortinas y techos. Fuera de ella, llueve sin piedad.

Desconcertadas, las autoridades suben al piso superior. Dos jóvenes mujeres están en sus respectivas camas, tapadas hasta los hombros con acolchados. Son las hijas mayores del matrimonio: Anat, de 19 años, quien está haciendo el servicio militar obligatorio y Shira, de 18, que cursa el último año del secundario. La pólvora les estalló en la cabeza. Son dos cadáveres.

Las ambulancias llegan, pero hay poco que hacer. La única que está viva, Leah Cohen, muere mientras es trasladada al hospital.

El habitante verde

Los detectives no demoran en darse cuenta de que no es un acto terrorista, ni un robo. No falta nada y hay demasiada sangre para algo azaroso. Por otro lado, la familia no tiene vínculos con ninguna mafia. ¿Qué es lo que ha pasado en esta casa? Mientras los expertos en homicidios revisan la propiedad en busca de pistas, alguien se acerca a ellos para decirles que hay un integrante de la familia que está vivo y refugiado en la casa de unos vecinos. Corren a verlo.

Encuentran a un preadolescente de 13 años, tranquilo, sentado en un sillón y enfundado en un pijama estampado. Es muy bajito, de contextura pequeña, y tiene un rostro aniñado y sereno. Es sumamente amable, habla con voz suave. Su mirada se percibe inteligente detrás de los vidrios de sus anteojos con marco metálico.

Los policías, que vienen de verle la cara al espanto, se sorprenden. A, acaba de perder a sus cuatros familiares más cercanos, pero no derrama lágrimas. Le preguntan qué ha pasado, responde que han querido robar.

Así de simple.

No le creen, pero no pueden salir de su estupor ante ese niño de hielo que tienen enfrente.

Insisten con sus preguntas y el pequeño insiste en que no es él quien los ha asesinado: “Yo no los maté, amigos, créanme (…) Me usaron, fui un instrumento”. Le dice al investigador principal, Avi Samuel: “Mirá, te diré lo que pasó, pero con una condición… que me dejes hablar con mi madre después de decírtelo”.

Así fue que empezó con el relato del “habitante verde” de su cerebro que le ordenaba hacer cosas.

Inocente o culpable. Niño vulnerable o cerebro sagaz. La batalla entre él y las autoridades se convierte en un ejercicio de ajedrez mental.

Luego, cuenta su historia increíble.

El día anterior, su padre que trabajaba en el ejército, había llegado de su servicio como supervisor municipal. Ese mismo día le enseñó cómo usar el rifle M16, cómo cargarlo y descargarlo. A. aprendió muy bien, siempre es el mejor alumno. Esa noche, después de cenar, vieron todos juntos una película (Papillon) y, después, cada uno se retiró a dormir a su habitación.

A la 1 y 15 de la madrugada, A. dijo haberse despertado soñando con la película que habían visto, más precisamente con la escena donde los protagonistas encarnados por Steve McQueen y Dustin Hoffman se hacen los locos y donde un personaje confiesa que ha matado a toda su familia.

La trama habría sido inspiradora para esa noche loca.

El habitante verde de la mente de A. le ordenó, entonces, levantarse. Bajó a la planta inferior, armó el M16, entró a la habitación de sus padres, les disparó y volvió a subir. Se dirigió a donde estaban sus hermanas. Primero baleó a la que más quería, Anat, y luego, a Shira. Shira llegó a darse vuelta en su cama para decirle “¿Qué pasó?, ¿qué quieres?”. Los balazos detuvieron sus preguntas.

(Nadie entiende por qué ellas no se despertaron antes, con lo sucedido con sus padres. Quizá sea porque el relator de los hechos, el protagonista de esta nota, haya omitido los detalles escabrosos).

Ahora sí, todos los Cohen, duermen profundo y para siempre. A. desciende la escalera para dejar el arma en la mesa de entrada. Se cambia de pijama en el lavadero, esconde la ropa manchada y huye por el balcón al grito de “¡Ladrón, ladrón, Ladrón!”.

La criatura verde, sostuvo, había penetrado en su mente y le había ordenado liquidar a todos.

Luego de la confesión, el policía que lo interrogó, lo alza en brazos y lo envuelve con una manta que le tapa la cabeza. Quiere evitar que la prensa le saque fotos.

El niño estatua

Un día después de haber asesinado a su familia, A. se paró frente al juez Ben-Hador y le hizo un pedido: que el caso no se hiciera público. El magistrado se lo negó. También pidió libros y cuadernos para continuar con sus estudios.

A. fue llevado a un hospital para ser examinado y puesto en observación bajo la mirada de un experto psiquiatra, el doctor Shmuel Tiano. El profesional se sorprendió mucho con este niño que no parecía encuadrar en el clásico manual de las enfermedades mentales y las psicopatías. En tres semanas de sesiones, no consiguió avances de ningún tipo. El motivo seguía oculto. El profesional sostuvo, con ironía, que el menor “mantuvo su derecho a guardar silencio, hablando”. Y confesó algo más perturbador: “Me daba cuenta de él podía sentir mi impotencia como profesional (…) y continuaba preservándola y alimentándola. ¿Fue una especie de batalla intelectual? Absolutamente. Lo fue”.

A. respetaba las reglas, no tenía reacciones agresivas ni violentas, no presentaba problemas sociales. Era dulce y atento. No hablaba mucho, pero aceptaba límites y no se metía en problemas con nadie. Enseguida quedó en evidencia su alto coeficiente intelectual.

Una semana después, lo visitaron una familiar y la directora del colegio al que asistía. Le llevaron cartas de sus compañeros. A. las recibió con una sonrisa, se mostró contento y les agradeció mucho la visita. Pero no mencionó lo ocurrido, ni se mostró triste.

El día de la reconstrucción de los hechos, A. llegó con un buzo blanco y estuvo extremadamente solícito. Paso a paso, mostró cómo y en qué orden lo había hecho. Les enseñó cómo cargó el arma para seguir las instrucciones del habitante verde. En la filmación de la reconstrucción hecha por la policía, se lo ve tranquilo, recorriendo su propia casa con el rifle que resulta casi más alto que él. No llora, solo explica. Y apunta, otra vez, los lugares vacíos que ocuparon sus queridos familiares. Pum, tac, pum, tac. Cada bala dio en su blanco.

Uno de los azorados peritos le dice agachándose: “Me dijeron que con tu hermana, la que era soldado, te llevabas bien, que se querían…”. A. le responde levantando su ingenua mirada y acomodando sus anteojos con la punta de sus dedos: “Sí, teníamos una conexión, mucho amor… Lo mejor de todo es que me amaba (…) No tenía razón alguna para lastimar a mi hermana”. Cuando otro de los presentes, intrigado, le pregunta por qué no tuvo piedad cuando Shira abrió los ojos, dice muy tranquilo “No fui yo. Si fuera por mí, esto no hubiera pasado”.

Los investigadores deciden que quebrarán al niño, que lograrán sacar a flote sus emociones. Lo llevan hasta el cementerio. Frente a las cuatro tumbas, vuelven a sorprenderse. A. no pierde los nervios ni llora. Es una estatua de piedra.

El asesino heredero

El team de psiquiatras dictaminó que A. no tenía ninguna incapacidad mental, no habían encontrado rastros de psicosis y estaba apto para ser juzgado. Tampoco habían hallado odios enquistados ni problemas familiares. Era un niño sumamente amado. El fiscal del caso recuerda, impresionado hasta el día de hoy, que en todo el proceso judicial no vio jamás un atisbo de llanto en los ojos del acusado.

Gracias a un acuerdo de su defensa, A. se declaró culpable por homicidio involuntario y fue condenado a nueve años de prisión. Un detalle no menor: el homicidio involuntario le permitía heredar, el asesinato, no. A. Cohen le había pedido a su abogado defensor recibir su herencia. La estrategia funcionó: terminó quedándose con la casa, el dinero, el seguro y la pensión de sus padres.

Cuando recibió la sentencia les dijo a algunos de sus familiares presentes: “La vida comienza a los veinte…”. Tenía muy claro todo.

Un tiempo después fue trasladado a la prisión de Maasiyah, en Ramle, Israel.

En 1992, su abogado fue astuto: le pasó información del caso a una periodista llamada Ruthie Yovel quien entrevistó al joven y escribió un artículo sobre el caso que se tituló: “Yo, el niño que mató a papá, mamá y hermanas, quiero ser rehabilitado”. El reportaje salió publicado, muy convenientemente, justo antes de la audiencia por su libertad condicional. Tuvo efecto.

A. salió de la cárcel por su conducta ejemplar luego de seis años y antes de cumplir las dos décadas de vida.

Psiquiatras de renombre se devanaron los sesos para intentar comprender el porqué del crimen, los verdaderos motivos de A.

Ninguno llegó a una conclusión determinante, solo hicieron conjeturas.

En el documental de Netflix, habló por primera vez Yossi Arnon, abogado del asesino. Admitió que él está convencido de que el joven inventó la historia sobre la criatura verde, aunque asegura tener una teoría que explicaría los crímenes y hasta los justificaría.

Pero dice que no la revelará.

El huérfano sin paradero conocido

Los vecinos y amigos de la familia sostuvieron siempre que los Cohen eran gente tranquila. No había ningún registro de algún tipo de violencia. El hijo parricida y fratricida, nunca había sido golpeado ni maltratado. Tampoco había llamados de atención de la escuela a la que concurría. Sus compañeros de colegio contaron que era un chico tranquilo, sociable y hasta tierno; sus maestras, que era un alumno educado, de buen humor y un poco introvertido. Todos coincidieron en que era extraordinariamente inteligente. Tan brillante que asistía a una escuela para niños prodigio.

¿Qué había pasado? ¿Cómo era posible que ese niño de temperamento sereno cometiera tan tremendo crimen?¿Cuál podía ser el motivo para cada uno de esos balazos? Netflix buceó en los testimonios y en las teorías. Pero, alerta spoiler, no parece haberlo encontrado. El abuso, fue una de las exploradas, sin embargo, no hubo el más mínimo indicio de que existiera. Si bien aquella periodista, que lo entrevistó antes de salir de la cárcel, dijo que le quedó la sensación de que en esa familia había algo maligno y que el joven le había sugerido palizas y furia intramuros… aunque no hacia él. ¿Se había sentido culpable por no involucrarse? Matar a todos, incluso a las personas que se quiere proteger, parece una solución absurda.

Los medios de prensa le han perdido el rastro. A. Cohen hoy ronda los 50 años, está casado y tiene hijos. Trascendió que ocupó un alto cargo en la industria financiera, puesto del que habría sido despedido al estrenarse la nueva serie de Netflix.

Muy pocos saben dónde vive y qué nombre ostenta en su documento aquel pequeño asesino del M16.

¿Podría reclamar desde el anonimato derechos sobre el filme? O, ¿por qué no pensar, que fue más inteligente que todos y ya podría tenerlos? Quizá la tentación de usufructuar de su nueva fama en el género negro lo saque de su zona de confort. Nadie puede asegurar nada. Ni siquiera el fantástico habitante verde que inventó un día tener en su cabeza.